| celebrinlas ( @ 2008-08-25 12:10:00 |
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Leyendo... Hijos de Homero
Hace poco conversaba con Lydia sobre Grecia. Sobre lo curiosa que es la vida porque, junto con mi interés por las culturas nórdicas -que nunca parece decrecer-, en los últimos años mi especialidad en los estudios me ha llevado a redescubrir el amor por nuestras raíces clásicas mediterráneas. Y es que la sola mención de Grecia y los antiguos griegos me resulta terriblemente evocadora.
Ahora me encuentro en un nuevo viaje a través de la Hélade arcaica y oscura de la mano de ese gran filólogo llamado Bernardo Souvirón. Otro libro, cuando se diría que ya lo sabemos todo, o casi todo, de Grecia. Y, sin embargo, Souvirón es capaz de guiarnos a través de su personal visión del amanecer de Occidente, caminando por entre las murallas de Micenas, disfrutando de la luz en los palacios de Creta y a través de las hermosas páginas que nos legó Homero.
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¿Otro libro sobre la Antigua Grecia? Bienvenido sea. Como te dije aquella mañana caminando por la Expo, Aldaron, planeemos en serio un viaje cultural por nuestras raíces mediterráneas para el año que viene. Teníamos varios lugares para elegir. Pues bien, ya he tirado la moneda de Harvey Dent: destino, Creta. ^-^

“Con todo, éste pretende ser también un libro riguroso, un estudio basado esencialmente en las fuentes antiguas o, lo que es lo mismo, en los autores que, desde aquellos lejanos días en que mi madre me ofreció una Ilíada para leer en unas vacaciones de verano, me han enseñado casi todo lo que sé. Desde entonces ha pasado mucho tiempo y han pasado muchas cosas. Se ha transformado casi todo y, sin embargo, las voces de los autores antiguos han seguido resonando en mi con una vigencia que no ha dejado de sorprenderme. Mi deuda con estos hombres no puede pagarse, salvo, quizá, de esta manera: intentando transmitir a quienes lean estas páginas lo que sé o mejor dicho, lo que ellos sabían. En cierta medida, ya lo he hecho durante los casi veinticinco años en que, de forma ininterrumpida, he enseñado en las aulas de universidades e institutos. Veinticinco años en que, desafiando modas y planes de estudios, muchos jóvenes de todas las condiciones me han escuchado hablar del pasado, de mitos, de mares lejanos y misteriosos; hablar de personajes heroicos que desafiaban a otros hombres y, a veces, a los dioses; hablar de mujeres que, en condiciones auténticamente heroicas, nos han legado, también, palabras hermosas. Pues esto es al fin y al cabo lo que los antiguos nos han dejado: recuerdos. Algunos de estos recuerdos han sobrevivido durante milenios a todo tipo de desgracias y se han conservado, orgullosos, tal y como sus autores los recrearon; otros se mantienen en pie a duras piedras, heridos, mutilados, pero vivos y altivos como si nos contemplaran desde una perspectiva inmortal. A estos recuerdos los llamamos “monumentos”. Muchos de ellos todavía nos impresionan vivamente, nos conmueven y, a la vez, nos llenan de melancolía: El Partenón, el Coliseo, Delfos, Pompeya... A veces con solo pronunciar sus nombres nos sentimos transportados: Tebas, Roma, Atenas...
Pero hay otros recuerdos que han desafiado también la destructiva marea de los actos humanos; los únicos a través de los cuales podemos hacer lo que nadie puede hacer: viajar en el tiempo, a través del tiempo. Se trata de recuerdos que no están hechos de materiales tangibles; no utilizan ni piedra, ni mortero, ni ladrillo, ni mármol, ni pedernal. Un único material ha bastado para que lleguen a nosotros; un material común, por otra parte, y, a la vez, extraordinario. Este material es la palabra. Si nos asomamos con calma, con atención, a las palabras, veremos que nos descubren mundos que ni siquiera sabíamos que existían. Mundos de maravillas y de desgracias; de amores, de desamores, de guerras, de paz. Mundos en los que por debajo de desastres y de logros, de esfuerzos y de muertes, aparecen las rutas sobre las que ha transitado la historia.
Los antiguos griegos, pues, han llegado hasta nosotros a través de dos clases de recuerdos. Unos y otros están hoy en estado ruinoso, pero aun así, aun reducidos a fragmentos, nos hablan vívidamente. Yo soy filólogo, es decir, un “amante de las palabras”, y mi trabajo se centra en ellas, las palabras. Les debo casi todo a esos griegos esforzados que nos han dejado sus palabras, y hoy sé que incluso aquellos que no son conscientes de ello están también en deuda. Ciertamente, todos estamos dispuestos a escuchar a quienes nos hablan de los mitos helénicos, de la historia de Grecia, de sus tierras. Siempre me ha parecido natural, porque Grecia es nuestra madre y porque fue un griego quien nos enseñó que algunos garabatos podían servir para algo más que para hacer cuentas: nos enseñó a escribir las palabras y a servirnos de ellas para contar historias y, también, la historia. En un sentido profundo, siempre consideré a ese griego como mi padre, como el padre de todos nosotros. Su nombre era Homero y cada palabra de este libro está escrita gracias a él.”
