| celebrinlas ( @ 2008-09-03 13:13:00 |
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Mênis oulómenos
Si tuviera que elegir dos pasajes que me han impresionado siempre por su dramatismo en Homero, uno estaría protagonizado por Ulises y es ese momento tan conmovedor en el que se encuentra con su perro Argo (si algún día tengo un perro, juro por los dioses que se llamará así).
Ulises, vestido de mendigo y acompañado de su fiel porquero Eumeo, se dispone a entrar en su casa después de veinte años. Mientras habla con su esclavo (que no lo ha reconocido, pues por algo Ulises es descendiente de Hermes y es, como el dios, el señor de la metamorfosis) ve a lo lejos a un perro “que se hallaba allí echado e irguió su cabeza y orejas: / era Argo, el perro de Ulises, paciente, que él mismo / allá en tiempos crió sin lograr disfrutarlo / pues a Troya sagrada tuvo que irse [...] / [...] yacía despreciado / sobre un cerro de estiércol [...] / [...] Así, cuajado de pulgas se hallaba el can Argo; / mas cuando notó que era Ulises quien a él se acercaba, al punto, / moviendo su cola dejó caer las orejas, pero no tuvo fuerzas ya para alzarse / y acercarse a su amo. Éste, al contemplarlo, / desvió su mirada hurtando su rostro al porquero, / y enjugóse una lágrima [...] / Y, al cabo, lo rodeó con sus sombras la muerte al can Argo / justo después de ver a su dueño de vuelta, tras veinte los años.”
No puedo evitar que me conmueva el hecho de que Ulises no pueda acercarse a su perro, pues eso descubriría su identidad ante Eumeo. Llora a escondidas, asegurándose de que su esclavo no lo ve, mientras Argo, feliz al verle de nuevo, descansa en paz por fin tras veinte años de abnegada espera. Me parece tremendo. Como dijo Esquilo, Ulises aprende a conocer mediante el sufrimiento. Los estratos acumulados del dolor engendran su arte suprema: la paciencia obstinada, el valor de soportar. De esta manera aprende la compasión y la justicia; y aquello que los dioses pretenden de los hombres más que nada: que aceptemos todo cuanto nos mandan, aunque sea la más atroz de las desgracias. Como dice el Himno a Démeter,
“[...] los seres humanos debemos soportar ineluctablemente los dones de los dioses, pues ellos son, sin duda, mucho más fuertes.”
El segundo pasaje está en la Ilíada, esa obra que cada vez me resulta, por su complicidad y su drama, más siniestra. Es la escena en la que Hermes acompaña a Príamo hasta la tienda de Aquiles:
“Entró el alto Príamo sin que ellos lo notaran, se paró cerca
y estrechó las rodillas de Aquiles y le besó las manos
terribles y homicidas que a tantos hijos suyos habían matado.”
Es el grado máximo de la desventura, y a la vez de la resistencia. Me parece que es la cima de lo que los expertos llaman sublimidad iliádica. Nunca Homero había llegado tan lejos, nunca se había adentrado tan a fondo en el territorio de lo sagrado, de la tragedia, de la osadía inaccesible. Nunca había violado todas las leyes de la conciencia y la sensibilidad humanas... Aquiles es un asesino, culpable de un delito sacro querido tal vez por la fuerza del Ate (Lo siento, nunca vi la muerte de Héctor como una gesta guerrera). Pero Príamo también comete un delito sagrado al besar las manos del asesino de su hijo, acción tan singular que todos la contemplamos asombrados (inclusive el propio Aquiles). Como bien decía Citati, “los dos hombres se admiran mutuamente y lloran; los llantos se entremezclan y se convierten en uno solo”:
“El recuerdo hacía llorar a ambos: el uno al homicida Héctor
lloraba sin pausa, postrado ante los pies de Aquiles;
y Aquiles lloraba por su propio padre y a veces también
por Patroclo; y los gemidos se elevaban en la estancia.”
Aquiles se transforma mientras Príamo le besa las manos. A partir de entonces no se entrega a la desmesura y a la cólera, a la infinitud del dolor. Se reconcilia, digamos, con la naturaleza, como quería su madre. Y a pesar de que odia la lógica del cambio, acepta incluso el rescate que Príamo le ofrece por el cadáver de Héctor. Hubo un tiempo en el que Aquiles no creía en la diferencia entre hombres y dioses. Ahora, tras este encuentro, comprende que los dioses y los hombres son distintos: los dioses no conocen el dolor; los humanos viven en medio de dolores. Volviendo una vez más a Citati, “nosotros, criaturas finitas divididas y fragmentadas, compuestas de males y bienes a partes iguales o desiguales, debemos aprender a soportar.”
¡Ah, lo que opino de los críticos modernos que afirman que no hay psicología en los personajes de Homero...! ¬¬